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Ejercicio y cáncer: cómo prescribir actividad física segura y eficaz en el paciente oncológico

Medicina y Salud

10 de agosto de 2026
mujer con cáncer haciendo ejercicio

Según datos de la​​ Sociedad Española de Oncología Médica (SEOM), el ejercicio físico puede reducir hasta un 30 % el riesgo de ciertos tipos de cáncer y casi un 20 % el riesgo de mortalidad específica por cáncer. Según esta organización, el impacto beneficioso de esta práctica empieza a notarse con solo 30 minutos de ejercicio diario.

En los pacientes oncológicos, el ejercicio se considera una intervención de apoyo con efectos demostrados sobre la calidad de vida, la fatiga y la tolerancia al tratamiento. Sin embargo, es necesario que este se adapte a las características de cada persona y esté supervisado por un profesional, ya que, en este contexto, existe una gran diferencia entre actividad física y ejercicio físico.

En este artículo analizamos en detalle la prescripción de ejercicio en oncología: qué beneficios ofrece, cuáles son los tipos y frecuencias más recomendables, en qué fase del tratamiento tiene mayor impacto y qué criterios hay que seguir para practicarlo con seguridad.

Beneficios clave del ejercicio en el paciente oncológico

El ejercicio ha pasado de ser una recomendación complementaria para convertirse en un recurso terapéutico respaldado por una sólida evidencia científica, con beneficios demostrados como los siguientes:

Reduce la fatiga relacionada con el cáncer

La fatiga es uno de los síntomas más frecuentes durante y después del tratamiento oncológico. Se estima que afecta a entre el 80 % y el 90 % de los pacientes que reciben quimioterapia o radioterapia.

Aunque pueda parecer contradictorio, el ejercicio es la intervención no farmacológica con mayor nivel de evidencia para disminuir este tipo de fatiga. Los programas adaptados ayudan a mejorar la resistencia física y favorecen una recuperación más rápida de la energía.

Mejora la calidad de vida

Numerosos estudios muestran que el ejercicio en el paciente oncológico contribuye a mejorar su bienestar físico, emocional y social. Entre otros beneficios, puede favorecer:

  • Una mayor autonomía para hacer las actividades diarias.
  • Un mejor descanso.
  • Una percepción más positiva del estado de salud.
  • Una mayor confianza para retomar la vida cotidiana.

Estos efectos pueden mantenerse incluso después de finalizar el tratamiento, lo que favorece la recuperación a largo plazo.

Ayuda a preservar la fuerza y la capacidad funcional

Los tratamientos oncológicos pueden provocar pérdida de masa muscular, disminución de la capacidad cardiorrespiratoria y reducción de la movilidad. En estos casos, el ejercicio puede ayudar a:

  • Mantener la masa muscular.
  • Mejorar el equilibrio y la coordinación.
  • Recuperar la capacidad funcional.
  • Favorecer la independencia en las actividades diarias.
  • Mejorar la capacidad cardiorrespiratoria.

Contribuye a prevenir la sarcopenia y otras complicaciones

La pérdida de masa muscular, conocida como sarcopenia, puede aparecer durante algunos tratamientos contra el cáncer.

El entrenamiento de fuerza desempeña un papel fundamental para minimizar este problema. Además, determinados ejercicios ayudan a preservar la densidad mineral ósea, especialmente en pacientes que reciben hormonoterapia.

Favorece el control del linfedema

En algunos tipos de cáncer, como el de mama, puede aparecer linfedema tras la cirugía o determinados tratamientos.

Actualmente, se sabe que el ejercicio supervisado no solo es seguro, sino que también puede ayudar a controlar esta complicación. La contracción muscular favorece el drenaje linfático y mejora la movilidad del miembro afectado, especialmente cuando se combina con la fisioterapia oncológica.

Mejora el estado de ánimo

La práctica regular de actividad física también se asocia con una disminución de los síntomas de ansiedad y depresión, así como con una mejor adaptación emocional al proceso de la enfermedad.

El ejercicio contribuye a recuperar la sensación de control, mejora la autoestima y favorece la participación en actividades sociales, aspectos especialmente importantes durante el tratamiento y la recuperación.

Puede mejorar el pronóstico en algunos tumores

Las investigaciones continúan analizando la relación entre ejercicio y supervivencia. Aunque no puede afirmarse que el ejercicio cure el cáncer, existe evidencia de que mantener un estilo de vida activo puede asociarse con un mejor pronóstico y una menor probabilidad de recaída en determinados tipos de cáncer, especialmente de mama y colon.

Cómo prescribir ejercicio en oncología: tipos de actividad


La prescripción de ejercicio en oncología consiste en diseñar un programa individualizado que combine distintos tipos de entrenamiento que se adaptan a cada paciente y se modifican a medida que evoluciona el tratamiento. Aunque no existe una única pauta válida para todas las personas, las recomendaciones de ejercicio oncológico más eficaces son las siguientes:

  • Ejercicio aeróbico

Las recomendaciones del American College of Sports Medicine (ACSM) aconsejan realizar, siempre que sea posible, 150 minutos semanales de ejercicio aeróbico de intensidad moderada, o 75 minutos de actividad vigorosa. Caminar a buen ritmo, montar en bicicleta estática o nadar son algunas opciones habituales, aunque la elección dependerá del estado clínico del paciente.

  • Entrenamiento de fuerza

El entrenamiento de fuerza resulta esencial para combatir la pérdida de masa muscular y de densidad ósea, así como para mantener la funcionalidad. Se recomienda realizar al menos dos sesiones semanales, adaptando las cargas de forma progresiva y controlada.

  • Flexibilidad y movilidad

Los ejercicios de movilidad articular y flexibilidad ayudan a recuperar el rango de movimiento, reducir la rigidez y facilitar la reincorporación a las actividades cotidianas. Este trabajo cobra especial importancia tras determinadas cirugías o cuando existen limitaciones funcionales derivadas del tratamiento.

Además de seguir un programa estructurado, es recomendable reducir los periodos prolongados de inactividad. Incluso en los días sin entrenamiento conviene evitar el sedentarismo, realizando pequeños paseos o levantándose con frecuencia si se permanece muchas horas sentado.

Cuándo y cómo empezar: claves de seguridad y criterios de prescripción

El ejercicio oncológico debe entenderse como una intervención clínica. Por eso, antes de iniciar cualquier programa es imprescindible realizar una valoración médica y funcional que permita conocer el estado del paciente y establecer objetivos realistas. Comprender la fisiología del ejercicio resulta fundamental para interpretar cómo afectan la quimioterapia, la radioterapia o la cirugía a la respuesta del organismo frente al esfuerzo.

También existen situaciones en las que puede ser necesario posponer temporalmente el ejercicio o modificar el programa, por ejemplo:

  • Neutropenia grave.
  • Anemia sintomática importante.
  • Fiebre o infección activa.
  • Riesgo elevado de fractura por metástasis óseas.
  • Complicaciones cardiovasculares no controladas.

La prescripción del ejercicio oncológico no debería recaer en un entrenador generalista, sino en profesionales con conocimientos específicos sobre fisiología, oncología y ciencias del ejercicio, capaces de trabajar de forma coordinada con el resto del equipo sanitario. Si tu objetivo es formarte en este campo y aprender a diseñar y supervisar programas de ejercicio en pacientes con cáncer, el Curso Experto en Ejercicio Físico y Paciente Oncológico de la Universidad Europea te proporciona la metodología clínica y práctica para hacerlo con seguridad.

Preguntas frecuentes sobre ejercicio y cáncer

Sí, en la mayoría de los casos es recomendable realizar ejercicio durante la quimioterapia, siempre que el oncólogo no indique lo contrario y el programa esté adaptado al estado del paciente. La intensidad puede variar según los efectos secundarios y la evolución del tratamiento.

La evidencia científica indica que los mejores resultados se obtienen combinando ejercicio aeróbico, entrenamiento de fuerza y ejercicios de movilidad o flexibilidad. La proporción de cada uno dependerá del tipo de cáncer, el tratamiento y la condición física de la persona.

La prescripción de ejercicio debe realizarla un profesional con formación específica en ejercicio oncológico, en coordinación con el oncólogo y el resto del equipo sanitario. De este modo, el programa puede adaptarse con seguridad a la situación clínica y a los objetivos terapéuticos de cada paciente.

Como referencia general, el ACSM recomienda acumular 150 minutos semanales de ejercicio aeróbico moderado, junto con dos sesiones de entrenamiento de fuerza. No obstante, estas recomendaciones deben individualizarse según cada caso.